Miércoles, Diciembre 31, 2008
MARÍA LAUCHA VIROLA. Personaje de historieta.
Les voy a contar una historia. De ciencia y ficción, de una argentina y modelo. De una mujer plagada de anzuelos, pero virola. Con un gato, siames, por su puesto, no podia ser de otra manera.
La historia cuenta que un día, después de casi veinte años sin aparecer una mujer, mitad femenina mitad personaje en proporciones alternantes (por momentos es mas personaje que real) se dignó a encontrar a su co-protagonista. Una historia empezaría desde el capítulo cero. Ni Migre ni Arnaldo André podrían haber imaginado lo que se traían entre manos María laucha Virola y "positos de enojo" como lo vamos a llamar a él.
Ella. Quien pudiera dignarse a describirla. Tan ella, tan viva. Tan personaje de historieta que no podía ser perfecta, se le virolea el ojo derecho. Un personaje incierto, con armadura de "shira" y la espada de "He-man" gritando "por el poder de Greiscoll". Y por si le faltaba algo, tiene a su gato que también se transforma, pero en este caso no en un tigre agerrido sino en un inquieto gatito con pilas Duracell. Que no se cansa de correr, de saltarte y de morder. Y que, cual esa mujer, también se le virolea un ojo. En este caso, un tanto escabroso para cualquier brazo araññado, el ojo se va piantando cuanto más alterada está la criatura.
No hay dudas. Son un trío increíble. Uno entra a su castillo, armado con muebles desproporcionados y con una pintura poco explicable, los muebles de adelante nada tienen que ver con los del cuarto. Un gato encerrado, en la heladera. Un balcón que a ciencia cierta en poco tiempo será anulado por la obra que está llegando hasta su cuarto piso.
Comés en el piso, o sobre una mesita que apenas da cabida a la botella de gaseosa (de 600). Pero la atención es impecable, la calidez inigualable, salvo por esa criaturita blanca que no para de saltarte con las garras hasta que te engancha el labio, y sangra.
Vuelvo a contar la historia de esa derrota de la soledad, que no pudo evitar que ellos se juntaran. Siguiendo la trama, y con las particularidades y a diferencia de Popeye con su espinaca, María laura se alimenta de vauquitas. Si si, saca su poder de esa fuente inagotable, pero tiene que ser "light", sino no es lo mismo.
María Laura Virola ahora lucha contra su capa. Le han quitado la espada y se quedó afónica para lanzar su gran grito de gloria. Las sombras se asoman, está dejando su armadura para darse un baño de dulzura en las manos de "positos de enojo", su compañero de esta historia.
Los tres tienen grandes proyectos por proteger, custodiados por el siames de guantes pardos, que no para de saltarte a la yugular ni de dejarte sus marcas que no cicatrizan. El es el que avisa, se viene el personaje del antifaz.
Y de ojos virola.
Martes, Diciembre 30, 2008
DOS VINOS. SIN PROMESAS.
Dos vinos.
Sin promesas.
Escrito por Juan Cruz Cúneo.
Dos vinos sin prometer. Dos vinos a puro beber. Y dejarse llevar por las palabras que ya no están. Por las mentiras que se despliegan. Por las habladurías que nunca llegan a decir toda la verdad. Sólo cree quien quiere creer, el mismo que sabe que le están mintiendo. Nadie es tan inocente, como nadie es tan sincero. Todos en el fondo creemos lo que nos conviene creer.
Por eso se suele prometer, con dos copas en la mano. Aquello que no está planeado, pero que suena tan encantador. Como lo negado. Juntos podemos sentarnos a tomar dos copas del mejor vino, a tomarnos dos vinos con las mejores copas. A beber nuestros vinos y ser uno en la acción. A beber del sudor, sin que corra una gota de uva.
Las promesas nunca dejan sus huellas. La idea es que nadie se vaya a enamorar. Y que la soledad no se meta en este partido, porque sino canta envido cuando ni siquiera se han repartido las cartas. Las copas en la mesa, sin patas, muestran hasta donde alcanza la mentira.
Después de dos vinos todo es tan raro. Todo es tan distinto. Todo parece claro. Pero nada es tan relativo. Una vez alguien prometió que no se iba a enamorar y en la mitad de la ocasión el vino comenzó a aflorar, y la realidad sentenció su condena. Tu cara era incierta, tu mirada certera y tus brazos alrededor. Tu corazón dijo lo contrario que escucharon mis oídos. Y eso recién empezaba. Eran las 2 de la mañana y la mujer ya empieza a tropezar, otra vez. Ya quiere que las promesas se cumplan.
Nos estamos acostumbrando a vivir de la mano, sin promesas ni certezas. El futuro ya es puro engaño, porque en el pasado ya hay demasiados cadáveres en el placard, como para limpiar las huellas del presente. Nos hemos convertido en seres impacientes, que resucitamos, en vano, con el aire de las promesas. No importa si se cumplen o se las lleva cualquiera, eso ya es otro nivel.
Sólo se quiere prometer para poder saber, y quedarse tranquilos. Porque el arbitrio suele despertar torrentes de ansiedad. Que nada los calma. La mujer vive de promesas, el hombre de prometer. Cuando se invierten los papeles, la gente se revierte y todo es puro fracaso. Dos vinos enjaulados, uno picándose. El otro, divirtiéndose. Mezclados dan vinos perfumados. Separados, una cosecha que se arruina. Y avejentados, una sepa que se ilumina y termina siendo un buen champagne. O un cabernet.
Las promesas generan un sabor amargo. Al dejar esperando, expectante e incierto. Porque es parte del juego, nunca cumplir las promesas. Porque a uno se lo encierra en la espera y la inquietud. Mientras el otro juega con el poder de la vanidad. Intentando buscar la manera de saborear el paladar de un ego, con mayúsculas.
Subirse a un tren fantasma. Asomándose el sol. Empezando un viaje, sin cinturón.
Entre dos. Una promesa juega a ser certeza, con garantías acumuladas.
Domingo, Diciembre 28, 2008
UNA CARICIA QUE NO ACARICIA.
Una caricia que no acaricia.
Escrito por Juan Cruz Cúneo.
Inmigrantes del amor. De guantes fríos y mancos del abrazo. Caricias en vano que pasan a una milla de esa piel. Que los sigue esperando, ansiando recorrer los dedos de ese cruel mundo lejano. Deshabitado. Inexplorado.
Hay caricias que no nacieron. Hay amores que se murieron apenas fueron concebidos. Esos errores que ya fueron cometidos en el mismo momento en que uno se ha arrepentido. Una juventud hecha vejez porque es tan cruel que se le ha ido la luz. Y no habían pasado ni siquiera seis meses. No pasaba nada cuando esa mano acariciaba. Como si alguien faltara. Como si alguien ya no estuviera en esa mano seca, de poca vida. De cualquiera.
Las caricias no avisan. Ni pueden traicionar. Son la única verdad que el hombre no puede ocultar. Una guerra que no se aplaca. Que no se calma con nada, cuando es un cuerpo contra el otro. Es la única manera en que el cuerpo pueda olvidarse del dolor, sin que queden cicatrices. Hay una guerra en marcha en la ciudad, una guerra que se está haciendo cada vez más fría. Donde las primeras caídas son las caricias. Y los rehenes son los amantes ardientes que ya no pueden recorrerse.
Mi cuerpo conserva las marcas de esa caricia que no acaricia. Lo peor es que yo lo sabía. Conocía los antecedentes de esas caricias que, parecen ardientes, pero llevan sus dientes afilados. Sin embargo, el engaño mío de cada día dijo muchas de sus promesas al oído. Y de golpe el cielo parecía enrojecido. Empezaba el recorrido y no pasaba nada. Ni una brisa se asomaba. Era una chica que nada sabía de la vida. Que pocas dulzuras la habitan. Que se le agotan las risas en las primeras carcajadas. Y el odio la acompaña, destilando grises a su alrededor.
Yo veía como teñía mi cuerpo de otro color. Pagando el precio de un juego que arruina. Como el perfume se había desteñido. Y la huída era una salida. Tener que dejar que las caricias se mueran para poder salir de esa cárcel era esperar que Quijote ganara su batalla. Y especular que en algún momento se cansara de desgarrar mi cuerpo. Y que las heridas no se pudrieran de mi paciencia tan lenta.
Finalmente la rabia de sus dedos se canso de mis velos. Y la agonía llegó a terminar de contar sus secretos. Ya no podía estallar. Ya se había quedado sin fuerzas para lastimar. Ya era, ella misma, una presa de su propia desdicha. Y se estaba dando cuenta de la falta de caricias en su propia vida.
Dicen que el espejo no avisa cuando va a traicionar. Cuando te tiene que mostrar tu peor cara. Y maldecirte con siete años de desgracias. Y una calidez ausente de caricias.
A esa niña yo la quería. Porque le faltaban caricias y creía poder dárselas. Al final entendí que no hay manera de convertir el gris en algún color. La única solución es terminar de ser negro o morir en la ausencia absoluta de su naturaleza. Esa niña tenía vida, muy adentro de sus caricias. Debajo de todas las tumbas y las celdas que estropean su apasionamiento. Sus ojos eran inciertos, un día estaban tristes, al momento eran puro fuego.
De esas caricias no quedan recuerdos. Por ese cuerpo no ha pasado nada.
Aún albergo cierta esperanza de que la vida le de la gracia de sentir una caricia. Y no el golpe en la espalda.
Sus manos eran una lija.
UN CAFÉ EN EL DESAYUNO. SIN CUCHARITA.
Un café en el desayuno.
Sin cucharita.
Escrito por Juan Cruz Cúneo.
Un café en el desayuno, luego de una noche de humo, viene sin cucharita. La mujer espera que exista una excepción, que haya alguna alternativa de que la vida ese día cambie las reglas. Pero ella sabe que nadie la espera. Sabe perfectamente que después de hacer el amor, él mismo se termina. Que no queda lugar a la caricia, ni al servicio en la habitación.
La mujer ansia el antes y el después. Nadie entiende el por qué de semejante capricho de la naturaleza, pero a ciencia cierta todos ya entendemos que en ciertas circunstancias el café viene sin cuchara. Y que el hombre se toma todo rápido, sin esperar a la dama, que necesita regular sus ansias y atemperar las emociones. El café sin desayuno, viene en tasa. Y sin apuro.
Y la cucharita se queda con la expectativa de acompañar a las circunstancias. Sabe que no fue invitada. Sabe de las limitaciones de esa soledad, que espera una vez más, un abrazo de respaldo. Una caricia en la espalda. Y un mimo en la cara, mientras la arropan con caridad.
Como dice un gran poeta de aquí nomás, la madrugada se despierta sin afeitar. Y que el sol se va a soñar un rato, en vez de preparar el desayuno. Así se pasa la vida, esperando que asista al desayuno una cucharita, aunque sea de compasión. Pero el hombre jamás entendió que la mujer está hecha de sueños, y que no puede ser el del papel histérico porque no hay más juego. Si el hombre se esconde, la mujer se pone los pantalones. Y sale sin desayunar. Se va a trabajar no sabiendo quien es. Pensando en aquel que ya se fue, sin haberle dado una sonrisa. Como quien solo asiste a un encuentro pautado, firma el contrato y lo cumple al pie de la letra.
No quedan espacios en un mundo tan marcado por el café instantáneo. Tal vez cortado, pero no más que eso. Habrá que ser más tercos que el temor. Para quienes aún tienen corazón y se animan a servirle el desayuno a una mujer que, siempre pide más de uno. Y que se lo tiene merecido.
Es claro que han invadido espacios que no les pertenecían. Es cierto que en varios momentos son ellas las que empiezan con la cucharita y terminan en la cima del cielo. Pero no por eso es menos cierto, que la mujer sigue siendo mujer, más allá de los pantalones robados y del viento que no afloja, en la proa.
La mujer domina, pero siempre necesita una guía para seguir siendo femenina. La noche puede ser divina, pero necesita de un amanecer en compañía. Tanto como el café tiene que ser revuelto, para que el azúcar no se quede en el fondo. Y endulce un poco, en una vida tan amarga.
Las circunstancias espantan. Estamos todos asustados y escondidos. Hay mucho mito perdido en la playa, mucha gente barata y tantos dolores sobrevaluados que un café en mano, junto al jugo de naranja parece ser una hazaña. Y simplemente es un gesto.
Muchos hay que dejan la cara y se van. Muchos que no convencen con sus besos pero manejan autos importados. Que creen ser dueños por fumar habanos. No tienen el alma perfumada, sólo dagas quebradas por chocar con su propia armadura.
No hay nada más eternamente paralizante que abrazar a una mujer luego de haberle dado el placer de todo un mundo de amor, caricias e ilusión. Una ciudad de antojos en manos de una dama caprichosa como ella sola. Para hacerla feliz.
El desayuno es ayuno si viene sin cucharita.
Sábado, Diciembre 27, 2008
LUCHA EN EL BARRO. SÁBANAS NUEVAS.
Escrito por Juan Cruz Cúneo.
Lucharon en el barro. Y ensuciaron las sábanas nuevas. No es como debía haber terminado. Ella se llevó un pedazo. Él se quedó con lo de ella. Los dos terminaron empatados, pero en el fondo, ambos fueron eliminados de la competencia. La rivalidad ya es para cualquiera. Y la derrota, un cheque en blanco.
Lucharon en el barro. Ella lo empezó todo. Para irse de un momento a otro, porque las cosas no se dieron como quería. Pero entre la realidad y las mentiras, desdibujó los parámetros y él, un poco gobernado, dejó que la confusión hiciera su intromisión y se llevara la mejor parte. Ahora, nadie sabe que se hace. Quien da el próximo paso. Ella se ha alejado, ha viajado para sus pagos quien sabe con que pensamientos. Mientras que él sigue en el ruedo de una vida cotidiana, que a partir de ese día dejaría de ser la misma. Porque la tiene a ella de protagonista, silenciosa.
Las sábanas siguen nuevas. E intactas. Fue una noche larga, de cena, charla y tarot. De sueños de un ladrón que quería llevarse un beso. De una dama con tanta pasión en sus espaldas y una boca que brillaba de ganas, hambrienta. Esa boca recién pintada era su mejor obra. Lo mejor que la noche habría podido crear. Pero está llena de misterios, de secretos que no se ponen en juego, pero se sienten a la distancia. Ella, impecable y adorable, dejó cosas sin decir. No dejó de advertir que su búsqueda era otra. Pero sabemos que sabe mentir, en su mirada se leían otras prosas. Pero jamás daría el brazo a torcer. Y sería perder la elegancia, saltar y caer en la trampa.
Una torpeza inédita.
Hubiera luchado en el barro, toda la noche. La hubiera salpicado de pasiones desenfrenadas mientras ella perdiera su calma en unos brazos que la recorren. No hubiera sido solo una noche. Hubiera pretendido y ahí ya empieza la equivocación. Ella no alcanza en una noche, su mundo es tan enorme que me llevaría toda una vida. Llegar a sentirla. Llegar a amarla. Ensuciar las sábanas nuevas de tantas experiencias inéditas que ella no sería la misma.
Entre la lucha en el barro y los misterios de las sábanas nuevas, mi vida elige la espera. La paciencia y la conquista. Una mujer perdida vale más que esas cualquieras. Una mujer que se desea justifica cualquier esfuerzo. Esa mujer que espero es la mujer de una vida. Una noche perdida, millones de momentos encontrados. Un rose solo de las manos, me sigue acorralando por las noches de recuerdos. Aún la sigo sintiendo. Tenía las manos frías. Y un corazón ardiendo. En ese fuego de su mirada.
El negro la iluminaba. Y el dorado de sus zapatos combinaba con las flores de su regazo, que eran amarillas. Las cartas la advertían sobre su pasado. Y le ofrecían los carros del triunfo para un futuro sin escrúpulos siempre y cuando ella rompiera con sus estructuras.
Se hizo muy tarde. Igual quiso irse sola. El taxi la estaba esperando y a mi me llegó un abrazo que hubiera detenido al mundo. La hubiera raptado, y hubiera pagado el rescate.
Con ella lucharía en el barro. Y estrenaría las sábanas nuevas.
No es una mujer cualquiera.
Las cartas se lo dijeron.
LOS QUE SE ACUESTAN SIN DORMIR. ALGUIEN SE VA TEMPRANO.
Los que se acuestan sin dormir.
Alguien se va temprano.
Escrito por Juan Cruz Cúneo.
¿A quién engañan?
De dos que se acuestan, uno amanece solitario. De dos que se han acurrucado, uno está siempre pensando cómo y cuándo se va a ir. No dejan de mentir, pero siempre esconden algo. Alguien se va temprano. Siempre antes de lo esperado. Y uno de ambos queda llorando, o extrañando, o necesitando más. Aunque esté todo claro y el arreglo haya sido con mutuo consentimiento, alguien está mintiendo, alguien no fue del todo claro.
De migas viven algunos. Los que no se animan a comer del plato. De esos encuentros esporádicos se siguen alimentando, mientras sus sueños se van marchitando. Porque los años pasan volando y ya no saben salirse del juego. Porque se siguen mintiendo, creyendo que han cambiado. Simplemente siguen rodando en esa calesita. Jugando a ser los más avivados. Nunca llegan a la sortija.
Alguien se va temprano. Siempre antes de lo esperado. Nunca alcanza el tiempo. Nunca estamos satisfechos. El vacío se derrite entre los dedos de una mano, mientras la otra sigue acariciando. Y una mente sigue pensando en los próximos cinco minutos. Otra vez una cama gigante para tres, con una sola alma rondando. De aquí para allá. Sin saber nada de él. Siendo castigada y burlada por su perfume que le acaricia los pies. Y la ata de pies y manos.
Era lo arreglado. Como dos amigos de años que siempre se estuvieron esperando. Y nunca les llegó el momento. Porque eran amigos en serio y ya son amantes soñados. Una relación no se lleva de la mano. Se juega a los dados, te toca cara o seca. Estas arriba o abajo. Sólo por un rato, porque el mundo se puede poner del revés. Con un simple tras pie.
La pasan bárbaro, mientras dura el polvo mágico. Se abrazan como si se amaran, juegan a dejar de ser extraños. Para darse lo que tanto han anhelado, y que no han alcanzado. Dormir con alguien a su lado. Pero el misterio pierde sus encantos cuando todo se ha explorado y las incertidumbres se han transformado. Y todo vuelve a la normalidad. La mentira queda atrás o nos lleva unos cuantos pasos. Se siente extraño saber que se pierde en un rato, mientras se cree estar ganando tanto. Una ilusión que vale las penas.
Por más que se haya arreglado. El encuentro cercano termina con la distancia. Cada uno a su casa, a seguir con su rutina. La cual creen que se termina en cada uno de estos encuentros. Pero el cordón los ata al viento y los hace flamear sin sentido. No saben manejar al destino, y quedarán atrapados en esta red de pesca arruinada.
Para luego pensar en casamiento. Como dejar atrás a aquellos que han compartido los peores momentos y que ahora son parte del olvido. De una historia plagada de amantes. Nadie sabe que se hace con tantos que no fueron nada.
La cama está manchada. Es una mezcla irreconocible de perfumes y cicatrices. De nombres sin nombres.
Y ni un apellido.
De los que se acuestan sin dormir, alguien amanece más temprano.
TE PIDO EL REMIS. UNA PESADILLA FEMENINA.
Escrito por Juan Cruz Cúneo.
Cuando la situación ya no da para más. El teléfono es una posibilidad. Y se termina todo. Cuando el absurdo lo colmó todo y la prepotencia arruina una noche, la tarjeta ya no se esconde. Y se pide un remis.
Porque se atreve a incurrir en esas cuestiones que lastiman. El ego tiene una herida, un rasguño que no puede ser profundo. Un puntaje descalificando el coraje de robarle un beso. Ansiado y esperado, pero en el momento señalado, tenía que arruinarlo todo. Porque la histeria hace escombros con el deseo del otro, con los besos propios. Tan bien intencionados. Tan esperados como ansiados. Entonces, se merece el remis.
Es dejarla ir. Pero ¿vale la pena alguien así? Que categoriza los besos en vez de disfrutarlos. Que les pone un puntaje para aproximarlos a una tabla, plagada de gente extraña que pudo besarla mejor. Pero se olvida del corazón, se olvida de quien está detrás de ese beso. Entonces, nunca corre el velo. No quiere ver a la persona. Se queda, casi ni se asoma. Le tiene tanto miedo al amor, que prefiere puntuar a la pasión con que los labios se acercan.
Así está ella. Viajando de regreso en el remis. Porque no se merece un beso en la nariz. Porque no ha entendido nada del amor. Ni del deseo. Sólo piensa en el desenfreno, en las conveniencias de una liberación de las cargas. En vez de alzar la mirada y ver un poco más allá. Una noche que podría haber sido muy larga. Quedó interrumpida por su estupidez. Quedó en ruinas otra vez, porque creía ser brillante y terminó siendo una cobarde que no se anima a más.
La pesadilla femenina está detrás. Siempre se queja de lo mismo. Los hombres son sus enemigos, porque no se involucran. Cuando son ellas las que tienen miedo. Se supone que hacen todo por un poco de afecto, pero seamos sinceros se han convertido en la peor cara de la masculinidad. Esa manera fatal de arruinar la feminidad con la grosería invasiva de aferrarse a una pierna, para no dejar que pueda agarrar el teléfono. Y llamar al remis.
Desde ahí todo dejó de ser feliz. Una mezcla de arrepentimiento e indignación. Una lástima que la pasión se haya tenido que ir, cuando estaba todo listo para servir el desayuno en la mañana. Una mujer que se engaña, que se cree la gran dama y no deja de ser una mendiga del alma. Esperando que la llama se encienda, cuando la mecha ya está mojada. De tanto soplarla se apaga para siempre.
Lo demás es evidente. Venganzas. Recelos y rencores. Jugar en los balcones al sube y baja. La histeria es pura venganza, pero jamás da el brazo a torcer. Arrepentirse los pies de haber dado esos pasos, exclamar con encanto que “ya no da para eso”. Con una cara al viento que ya no puede mirarte a la cara.
Después todo fue venganza, por haberle pedido el remis. Con los huevos de codorniz al plato y una ensalada con lo mejor de la noche. Todo estaba para alquilar balcones. Todo más que listo. Al ego yo no lo invito, me había olvidado su entrada. Ella vestía como una gran dama, una sirena en la playa, acariciando la arena de un cuerpo que la esperaba. La cercanía estaba en la sala, los roces estaban a la orden del día. La mirada era pura envidia y los labios se esperaban, ya desesperados.
Fueron cuatro los besos dados.
Y mientras el remis estaba llegando, una aproximación de lo que jamás se daría. Esa fue su despedida.
Para siempre.
Hasta nunca.
Jueves, Diciembre 25, 2008
LA MUJER DE LA ARMADURA OXIDADA. Y su príncipe.
He visto a una mujer que lleva bajo su piel una armadura. Oxidada. La he visto conquistar el corazón de su rey, pudiendo sobrepasar las barreras de su armadura. Pero un traspie la está haciendo perder el equilibrio. Una lluvia de realidad está empezando a corroer su armadura.
Y no sabe qué hacer.
Esa dama. Es una mujer. Como miles que puedo conocer, como tantas que vemos a diario. Pero algunas llevan garras en sus manos, mientras que esta dama espera salir de blanco. Espera vivir su sueño dorado. Pero tiene miedo de dejar su armadura. Aún sabiendo que es tan dura que termina lastimando a sus seres queridos. Que pueden salir heridos, aunque no sea su intención.
Pero frente al dolor, la armadura es necesaria. Frente al temor, la armadura es un arma. Que salva, mientras aisla y maltrata. Que encierra en el engaño de "proteger", para esconder aquello de lo que no podemos escapar. La armadura en esta dama, no la deja ser. Ella lo sabe tan bien como él. Ambos saben que pueden llegar a ser reyes, pero temen ser plebe. O morir en el intento.
Pero no pueden quedarse en el intento. El amor los ha puesto en una encrucijada. Amar y soltar las amarras, o aferrarse a la armadura tan pesada como absurda. Y quedarse para siempre con la intriga.
A esta mujer, como a tantas, se le está oxidando la armadura. La piel, ya dura y cansada, necesita del ser que la ama, pero sabe que se derrite en sus caricias. Para ella es una pesadilla, pensar que la sensibilidad es como la debilidad. Y que amar la pone en peligro. Habla a los gritos, su voz se escucha por todo el ambiente. Se impone y te hace frente, no se guarda ninguna de sus ideas. Pero ella esconde, con secuelas, las verdaderas emociones que su corazón anhela.
Ella sabe que lo ama. Su príncipe sabe que se entrega. Pero ambos usan armaduras oxidadas. Ambos saben que ya no sirve la espada. Y que se vienen tiempos sin guerras.
La armadura está oxidada. De lágrimas nunca lloradas. De tantos dolores debajo de la capa. De tantos temores que se le escapan. Y de alguna soledad que la ha acompañado. Su corazón está exhausto, cansado de luchar. Su mirada que siempre fue más allá, ya no puede más. Pero el óxido no la deja bajar los brazos. Por temor a no levantarlos nunca más.
La armadura, cuando no es de cristal, nada la alumbra. Se opaca con el tiempo y se oxida con el viento. En vez de reflejar. La luz que debe dejar pasar, de adentro para afuera, obviamente. El ser está siempre presente, sólo puede quedar opacado si queda debajo de una armadura oxidada.
Es lo que a ella le pasa. Y un poco a su príncipe, también. Le temen al ser que llevan en su ser, por ser tan especiales, por ser tan particulares. Por no poderse reconocer en la mirada de los demás, por una simple razón, nada más, son tan únicos que nadie les podría devolver lo que ellos son capaces de ser. Porque no alcanzarían las fortunas del mundo para darles el tributo que ellos se merecen.
Por ser tan buena gente. Por ser tan como son.
A ellos les pido perdón, por molestarlos con mis palabras. Pero uno necesita avidarle a gente tan amable como adorable, que su armadura está oxidada. Y que el tiempo no se escapa a la hora de cerrar las puertas.
Espero que se den cuenta, aún están a tiempo. Y no pierdan más el tiempo, porque son dos seres maravillosos. Que pueden tenerlo todo, con tan poco, como amarse.
No sean cobardes. Dejen los miedos atrás. Sólo es cuestión de lealtad. A ellos mismos, y al amor que se tienen.
A la mujer de la armadura oxidada le digo que aún le tengo esperanzas. Y toda la fé del mundo. A su príncipe, cuya hermandad nos une, que la guíe y la ayude, porque la felicidad está en esas cuatro manos.
Juntos ellos dos son un sólo soldado. Capaz de pelear las batallas que sean necesarias. Pero la vida no les depara ese destino, la vida les dará el brillo a sus almas cuando dejen las espadas y esas armaduras inservibles.
A esta mujer y a su príncipe, la abundancia los espera.
A la vuelta, cuando se animen a amar.