Jueves, Enero 15, 2009

DULCE SALVACIÓN.

Te hago una pregunta. Mis manos no dan más.

Mi paciencia no puede con el pasado.

Es hermosa. Radiante niña que ya ha crecido.

Un corazón de oro.

Ella se mueve en silencio.

Hacia mi. Tengo el corazón en llamas. Ardiendo.

Dulce salvación. Ya vienes por mi.

Dulce, salvame por favor. Dame una mano. A mi corazón abrumado.

Cuando el amor llega. Toda la destrucción cesa.

El pasado ya no se acuerda.

Y tu te mueves en silencio.

Hacia mi.

Y dejas mi mente en llamas. Una roca que atravieza el corazón sediento.

Dulce, eres la salvación de tu corazón.

Dulce salvación, por favor. Anímate esta vez a romper mi corazón.

Como antes. Quiero gritar y no ser cobarde.

La alegría nos tiene en la mira. Viene hacia aquí.

Dulce es la salvación. Si nos animamos los dos a romper con el pasado.

Ser fuertes para vivir felices.

Sentir lo que sentimos.

Un inevitable destino, tal vez.

Ella se mueve en silencio.

Acaricia su violín en el medio de la nieve de invierno.

Son cálidas sus manos. Radiantes como el sol.

Aunque su mirada esté triste.

¿Aún esperará por mí?

No habrá más piedras en el camino. Dulce, querida, amada. Toma mi mano y abraza mi alma.

Las preguntas golpean con violencia. Queriendo saber las respuestas.

No les hagas caso. No importan tanto.

Ser fuertes para dejar las armaduras que hemos armado.

Oh.. te mueves en silencio. En mí. Por toda mi alma.

Y la dejas en llamas. Ardiendo en la calma de una espera.

Impaciente.

Dulce eres, mi salvación impaciente.

No hay piedras en el camino que te detengan.

Pequeña niña. Tan dulce como podrías.

Ya se viene. Ya llega el momento.

Lo hemos esperado tanto.

Años que se mueven en silencio.

¿Escuchás la música?

Son las almas del cielo cantando de emoción. Porque saben que somos dos los que nos hemos encontrado.

Se han salvado otras dos almas.

Siente. Sólo déjate sentir.

Y verás fluir revitalizante a tu alma.


Martes, Enero 13, 2009

EL MUNDO QUIERE DECIRME PARA DONDE DEBO CORRES.

Unos sonidos de fondo empiezan a hacerse oír. Van aumentando. Se van incrementando. Una guitarra empieza a vibrar.

Escuchen...

Platillos. Cosquilleos. Y la guitarra a todo el poder que da. Empieza a sonar la canción. El sonido de mi vida. Y la voz que grita, mientras los tambores golpean como gigantes al suelo.

Sólo quiero vivir libre. Fuera de toda convención. Porque soy un corazón salvaje que vuela por el aire. Duro como la piedra. Madre, dile al mundo que no pretenda marcarme el rumbo.

Mis esperanzas están marcadas por mi alma. Yo quiero vivir con un estilo libre. Hecho por mi. Porque es la única razón de esta vida. Porque hemos venido a vivirla. Porque somos eternos hijos del sol. Salvajes como cada uno de sus rayos.

Quiero correr. Con la libertad.

Porque estoy siendo. Y voy a ser. Quiero ser hijo del sol.

Suena el tambor. Son los pasos del corazón. Del gigante.

Amor, el mundo me quiere decir para donde debo correr. Y no le voy a dar el brazo a torcer. Voy para donde quiero.

Fuera de toda convención. Mi alma es tan salvaje que voy contra la corriente si así es como late. Mi frente choca con el aire. No me duele el dolor, porque la pasión me hace vivir libre fuera de esta sociedad. Y empujar fuerte.

Voy a ser duro como la roca que golpea las olas. Con la firmesa del salvaje.

He nacido del cielo. Y voy a nacer del suelo. Vivir sanamente fuera de toda convención, sin ser una estrella más. Pero si empujar el estilo libre de las riendas y las cadenas sueltas.

Gritando lo salvaje que uno sabe, cuando corre con el viento.

Mi corazón es un hijo salvaje del sol. Que nació en el cielo. Y no quiere caer y caer hasta el suelo.

Madre, el mundo quiere decirme para donde debo correr. A mi amor no lo digita nadie. Es todo salvaje. Hasta la última gota. Desde la primera.

Mi corazón es hijo del sol. No tengo dirección.

Es salvaje. Vital.

Es el corazón del sol. Tan puro como el blanco de las alas del ángel.

Blanco. Puro. Cristalino como el hijo de la mañana. Como el amor sintiendo. Brillando.

Tengo el corazón en mis manos. Si lo vieras, brillando. Radiando. No dirías en que dirección debería irme.

No me dirías adiós.

Si el corazón de los demás fuera tan puro, como era, el futuro sería el cambio oportuno. Y la situación no sería tan preocupante como la de hoy. Donde la libertad no puede volar.

Porque nosotros no podemos ser libres para vivir. Y eso es una obra del demonio. Que hizo trampa cuando repartió las cartas. Y se reía a nuestras espaldas. Es el tiempo de la profesía. Es el tiempo de la vida.

Es el grito del cantante.

Esa es la pelea nuestra. Por vivir lo que tenemos que vivir.

No pelees más. La corriente no entiende nada. En mis sueños la gente es distinta. Dulce. Libre. Con un futuro brillante y esperado. Con un final ansiado, con ganas de llegar. Para amar.

No necesitamos nada más. Lo que tenemos alcanza y nos sobra. Somos dos rayos del sol. Somos partes del desierto, con un futuro cercano.

Y finalmente la felicidad será nuestra dicha. En la inmensidad. En la eternindad.

Yo escucho guitarras, en mi vida. Sé que vos escuchás violines en la tuya. El río es nuestra ternura, cuando la noche arriba a nosotros. Y el cielo azul se va a dormir. Corazón.

Toma mi corazón salvaje y hazlo dos.

Que nadie nos diga que tenemos que hacer. Cuando la noche arriba a nosotros. Y nos toma por sorpresa. El azúl del cielo nos canta esta canción. Debemos vivir. Libres. Dejar de pensar y dejarnos guiar por el corazón.

Salvajemente vibrante.

Porque somos dos corazones. En un solo latido.

Animate a encontrar el mundo en este día.

Y vivilo a pleno. Sos el sol saliendo. Sos la noche llegando. Sos en cada cosa, en cada momento.

Sos lo más inmenso.

Sos la mejor canción que podría haber escuchado. Con la que quiero morir.

A mi lado.


EL CAMINANTE. Capítulo II.

Eran las seis de la mañana. Minuto más, minuto menos. Un sol emergiendo con todas sus ganas. Radiante. Abrazaba, llenaba. Dibujaba las siluetas de los árboles que en su camino se encontraban. Lo iluminaba todo.

Traspasaba los párpados cansados de una vida que estaba viajando. Haciéndole sentir el calor, la calidez de su emoción. Empezaba la aventura. Empezaba un camino de siete días. Siete sueños.

El sol se levantaba gigante. Parecía que se agrandaba en la medida en que se erguía la espalda sobre el horizonte. Los ojos, adormecidos y sorprendidos apenas podían abrirse a semejante espectáculo. Sólo sentían. Habían empezado a sentir la vida entrar por la piel. Calidez, esa era la característica.

Entre las vueltas y las vueltas que dan los medios para llegar, la ansiedad comenzaba a preparar su plato principal. A lo lejos se asomaba el misterio. Los presajios, y los signos del cielo, auguraban un buen comienzo. Pero faltaba la nota del viento, que siempre da la clave.

La entrada a la terminal, paradojas de un comienzo, se hizo eterno. Era la multitud la responsable del enlentecimiento. Y la poca sincronización del señor que no podía con tres al mismo tiempo. Entretenido, mientras, viendo como una alma cargaba y acomodaba las cajas de botellas, de gaseosas. ¿Qué miraba? La nada, desperdiciada subiendo y bajando, poniendo y sacando. No había cambiado nada. Sólo los lugares. Un misterio irrelevante.

Al final, el medio encontró su lugar. Y las valijas esperaban atentas, amontonadas que su dueño las recogiera. Para salir del montón. El caminante tomó sus petates y cargó con las ganas. Un hormiguero lleno de reinas y de obreros. De a millares hormigueando por toda la panza.

Caminar cuatro cuadras para poder llegar a la posada que haría de hábitat. De refugio. De contenedor. Disfrutando de la emoción que había venido en su compañia. La mochila lista. La valija embarazada. Y la tabla, fundamental.

Llegar a la posada. Una hostería con buen recibimiento y caras amigas permitió que posaran las cargas traídas y emprender el verdadero sentido del haber venido. Primero había que desayunar.

Y era temprano aún en el lugar. Asique el caminante emprendió la primera subida, de las tantas veces que la haría, con rumbo conocido. Frente al mar.

Increíble ver como la túnica azúl puede reflejar el brillo como si fuera de cristal de cuarso. Eran todas piedras blancas, separadas, acumuladas, brillantes. Radiantes. Salvajes y quietas en cada instante.

Ese manto de cristales radiantes crecía en la medida en que el cielo aparecía junto al horizonte. Era amar cada segundo que pasaba. Amar cada paso que daba hacia ese lugar. Fundirse en ese brillo reflejante. Enseguecedor. Iluminante.

El caminante se instaló en la mesa pegada a la ventana. Mesa para dos. Y pidió un desayuno liviano, para comenzar con el rebaño de medialunas que se acumularían. Era ver para todos los lados al sol entrando, sin pedir permiso.

La ansiedad comenzaba a hablar, sin parar. Con una insistencia retórica y una permanencia inmutable, repetía una y otra vez la misma frase. El mar nos espera. El caminante volvió una hora antes de lo combenido. Nada estaba listo, asique cambió su piel en el baño. Y se puso la que llevaba a resguardo, para poder dormir sobre las olas.

Un trámite complicado, el lugar mucho no ayudaba con la escases de espacio. Finalmente, lo había logrado y salía caminando. Con toda la emoción subida queriendo tocar el cielo. No entraba dentro de su vida. Su cuerpo ya había quedado chico, hace quinientos kilómetros atrás. Todo era enorme, exaltado, palpitante, vibrante. Mientras, la cabeza en silencio. Y las ideas, ¿quién sabe a dónde se habían ido?

Esa subida. Hacía más lento el trayecto. Alimentaba la ansiedad. Y fogoneaba a la desesperación, provocándole infartos masivos.

El mar. Ahí estaba el gigante. Al fin. Que inmenso es.

El caminante, parado delante, lo observa. Lo relojea. Lo mira atento. Estudia sus movimientos. Mira alrededor. Escucha su rugido. Sus soldados rompiendo contra los labios de la orilla. había ciento siete escalones por transitar, en un camino descendiente hasta el inconsciente.

Era como bajar ciento siete cambios.

Pisar la arena, pidiendole permiso. Era su territorio, ya no prohibido. Los últimos pasos para el encuentro tan esperado, preparado y anhelado.

Ya todo estaba listo. El traje, para el viaje a otro mundo, estaba acomodado.

Ese primer paso en el agua. Inolvidable. El instante, el momento en que el mar dió su mejor beso. Fue perfecto.

Es en el único momento en que "remar" da tanto placer y tiene tanto sentido.

La primer ola. Es como soñar todos los sueños de la propia humanidad concentrados en un instante, transcurriendo.

Deslizándose.

Vibrando en todo el cuerpo.


EL CAMINANTE. Capítulo I

El espíritu camina. Sube la empinada vida, por un suelo de lajas desparejas. Algunos posos y vidrios rotos, de alguna noche que se ha pasado. Dejando pedazos de sus cristales ojos, opacos entre los escombros.

En la esquina un volquete, cargado de los pecados dejados en la puerta de la iglesia que se alza en la vereda, imponente y atractiva. Rústica vida la de quienes pasaron por ahí. El caminante sigue adelante, su destino está más allá. En el mar.

A los costados, hoteles de barro, nuevos y otros renovados. Almas penando sus sueños aletargados, desayunando una palabras untadas de cotidiano. Y un café en mano, que le marca las horas que ya se han pasado. El año que se ha fugdo, y todo lo que vendrá. Las noticias en la esquina del bar, aburridas de dar siempre la misma nota. Una muerte tras otra. El espíritu prepara su huída, agarra las llaves de la tan visitada habitación y se inspira de la emoción por llegar al mar.

Una mochila que ya no está cargada de las pesadas pesadillas y de las lagrimas del año. Un cansancio que decidió quedarse en el baño, eliminando lo que ya no le servía.

El espíritu del caminante, con su tabla en la mano, arremete de inmediato con esa empinada subida. La cual, día tras día, recorrió sin vacilar con tal de llegar a su destino. El que se había erguido una mañana de diciembre.

Con la emoción ardiente y las piernas acalambras. Con una ampolla por las sandalias que no le impedía caminar, empezó su marcha, como todos los días. El cielo radiante como el alma. El sol impregnaba al día con su vida. El brillo se reflejaba sonriente en la calma del mar que se despertaba en ese amanecer. Los colores estallaban. El universo estaba contento por esa obra magestuosa que se preparaba. Y las sensaciones se multiplicaban, por todo el cuerpo del caminante.

Las manos desesperadas de acariciar el agua. Las piernas enteras listas para volar entre las olas, en busqueda de la eternidad. El pecho se inflaba, con cada bocanada de aire el alma se revitalizaba y empezaban las sonrisas. Nadie lo veía. No hacía falta nada. La cabeza, en una quietud admirable. Un silencio arrogante, capaz de detener el mundo en ese instante. El angel acompañaba, con sus alas aquietando al viento que tenía ganas de soplar, más de una idea.

Los ojos... los ojos eran del mar. Se habían hecho uno sólo con los del caminante. Los ojos se reflejaban en los ojos del mar. Y se unificaban en esa armonía indescriptible de la vida sincronizada con la Vida eterna. El tiempo, quieto, transcurriendo. Sin dirección ni tiempo. Sólo miraba para atrás buscando la mejor cresta de la ola. Y hacia adelante para seguir inquietante el recorrido de esa onda.

El presente. Un instante y todos juntos a la vez.

La memoria, sacando una radiografía de toda la vida de esa ola, en ese momento. Los recuerdos, ciegos, se habían olvidado de todo.

Y la piel. Era azúl sin límites. Abarcativa. Expansible. Ondulante. A una temperatura perfecta, ideal.

El movimiento. Lo que le daba sentido a todo. La búsqueda del caminante estaba ahí. En esos movimientos estaba todo quieto. Y la libertad en pleno cielo. Enorme. Ancha. Palpitandose. Sintiendose en cada milímetro de la piel. El pecho abriéndose. La columna derecha y la espalda sin las cargas sintiendo como vibraba el movimiento.

Sentir la ola. Hacerse uno en ese momento. Con lo inmenso. Con lo viejo y eterno. Con lo nuevo que ahí estaba naciendo para mí. Para que pudiera darle sentido al viaje. Y encontrarme, una vez más.

El espíritu del caminante ha renacido. Vibrante. Luminoso. Oleante. Rompiendo en la orilla con todo lo viejo que desperidica tiempo. Para volver a nacer, una y otra vez, en cada movimiento.

En cada ola.

(continuará)


Sábado, Enero 03, 2009

LAS CLAVES DEL PODER MENTAL. Variables simples.

Las calves de su poder.

Variables simples.

Escrito por Juan Cruz Cúneo

Una mente compleja tiene reglas simples. Esa simplicidad es la que le permite complejizar sus obras, y crear lo que quiera. Una mente conflictiva no puede crear casi nada, sólo se limita a mal gastar su talento en la lucha con el adentro.

Las claves del poder mental, son tan simples como básica es la Naturaleza.

Hacer lo que se deba, es una de las principales reglas. No es que se viva según el “deber ser”, sino que la Naturaleza no puede cambiar el orden de las estaciones porque se le canta ese día. El problema del hombre es que cree que el “deber” es externo a él.

Vivir con placer, cada centímetro de la obra. La Naturaleza se queda absorta cada vez que ve brotar una hoja, de la cantidad de millones que lo hacen por día. El hombre se desespera por llegar a su primer millón de dólares, y no disfruta nada. Porque cuando lo alcanza quiere el segundo. No vivimos cada paso. Siempre miramos el próximo antes de dar el más cercano.

Las cosas son simples, en su complejidad. Ir a lo básico es la metodología de la mente. Lo cual no quiere decir que nada es difícil, sino que todo se reduce a un principio básico: las cosas tienen solución. Sino no estarían acá, y no serían un problema.

A cada cual le corresponde lo propio. Pero todos quieren lo de los demás. Si nadie se metiera en la propiedad ajena, todo sería sumamente sencillo. Ocupate de tu terreno, y dejá que el vecino se ocupe de lo ajeno.

Amar. Una ley fundamental. Hay tanto por decir de las fallas que tenemos con este principio que no me daría el tiempo para escribir lo que debo. Pero sin amor, no hay nada eterno.

Cambiaría el concepto de libertad por el de las ataduras. Pensando en un hombre moderno, la libertad es una plomada demasiado pesada para cargar, o entenderla. En cambio, a este hombre que todo le pesa hay que decirle, para que entienda, que la clave está en soltar las ataduras. Dejar que las cadenas no se encadenen a nada. Y sola la Naturaleza hace lo suyo.

De adentro para afuera. No entendiste nada si tu camino tiene la dirección opuesta.

De arriba para abajo. Jamás de abajo para arriba. Uno con todo lo que es, puede dejar de serlo. Pero si uno no es nada, jamás llegará a ser algo. Porque no cuenta con esa mentalidad, no sabe cómo es ser, porque no es.

Todo tiene un principio. Y todo termina. No es una cuestión caprichosa. Es una regla básica. Porque el cambio necesita desaparecer, para poder aparecer.

La muerte. Debe acontecer, sino no hay nada nuevo. Sino no existe la “posibilidad”. Y desde allí todo el resto.

Todo lo demás, se reduce o relaciona, surge o muere en estas leyes, que se multiplican porque su potencialidad las lleva a generar (desde ellas mismas) las más infinitas posibilidades.


EL DOLOR PSÍQUICO. Del que poco se habla.

El dolor psíquico.

Del que poco se habla.

Escrito por Juan Cruz Cúneo

Se habla mucho del sufrimiento, mucho más de la angustia, como si fueran los dolores del alma. Como si el hombre ya no los soportara. Pero poco se habla del verdadero dolor, de ese pesar insoportable que carcome al alma, la oxida. Del dolor psíquico pocos hablan, porque no tienen mucho para decir. Solo sentir y revisar por dentro, que en el fondo hay un encuentro que no quiere tener.

El dolor es sufrimiento con un agregado más, no se va con la simple descarga. El dolor es intenso y supera las magnitudes del físico. Y no alcanza con un remedio, no hay pastilla que lo alivie. Sólo sentarse y mirar un poco hacia adentro. Ver al alma en su lealtad, verla sufrir y hacer algo. Por uno. El ser humano se está acostumbrando a resolver sólo aquello palpable, lo que está al alcance y se ha olvidado de lo profundo. Parece absurdo, porque es lo que más le duele. Para algunos es el suelo, para otros es la caída. Para quienes tienen envidia, es cuando se les estruja el alma. Para los que viven en llamas, es la violencia que estalla. Para los que lloran, son las lágrimas derramadas por el psiquismo que se desangra. Por dentro. Para otros es la nada, a veces el aburrimiento. Es un grito en silencio que emerge desde allí, abajo. Detrás.

Es una catarata. Es la gota que orada la piedra.

Una pena no resuelta. Es el dolor que va por dentro. Lo que no tiene consuelo, aquello que no se ha perdonado. Ni olvidado. El pasado que se hace presente una vez más. Y nos deja inconcientes, golpeados contra las cuerdas. Caídos y aplastados. Como si tuviéramos un agujero. Ese es el verdadero sentimiento, un orificio con entrada y salida. Que atraviesa como la mentira, toda la pureza del alma. Una bala que no es de salva. Y te deja sin rescate posible.

Saltar al abismo, sin garantías ni seguridades.

El dolor psíquico te parte. Te llena de agujeros la vida.

Es como una eterna agonía que no se pasa. Ni pasará. Se puede acallar, cuando se sumerge en los confines del alma, pero en una mañana se acerca para alimentarse. Del sol de la madrugada, sólo quedará la luna y un par de estrellas. Todo a oscuras, mientras algunos pierden ya la cordura, y mueren afligidos por lo pasado. Que no han perdonado, porque el dolor psíquico siempre requiere de “una cuota de perdón”. Por lo que pasó, por lo que jamás ha sucedido. Por el miedo que se ha sufrido, por la pureza y la inocencia lastimadas, la humildad ultrajada, por tanto odio envenenado. El dolor inflingido no parece humano, esa es la razón que hace al dolor pasar de ser físico a ser el dolor más inhumano posible.

Por eso, no en vano, poco se habla de él.

Porque se sabe hacer mucha maldad con todo esto. Porque se puede perder una vida derramada. Porque se puede ver cómo un alma elige el suicidio, para aliviar su destino de esa carga que ha recibido. Sin pedirlo. Sin poder ni siquiera elegir saltar al abismo.

El dolor psíquico envuelve la mirada de tristeza. Como si llorara desde atrás, como si gritara enmudecida, desde lo lejano. Y no se llegara a escuchar.

E dolor psíquico es emocional. Y se siente en todas partes.


ESTAMOS TODOS EN BOLAS Y A LOS GRITOS. Teorías psicológicas que no alcanzan.

Una mujer me dijo, con toda su sinceridad, que las teorías psicológicas sobre el amor solo te dejan en bolas y a los gritos. Y algo de razón tiene. Cuando sentimos ya no hay nada más que hacer. No hay teoría que te proteja, no hay otra manera más que dejarse fluir.

La psicología te enseña todas las formas. Y te da todas las explicaciones que quieras. Pero no alcanzan para nada, cuando del amor se trata. Ella tiene razón, te podés convertir en un robot y olvidarte de sentir. Podés caer en el error de intelectualizar y dejar atrás todas las sensaciones. Y perder las emociones que empiezan a estar en juego.

No hay secretos. El amor es un gran misterio. Que no tiene explicación y no tiene frenos. Por más que hoy se intente evitar, de miles de maneras distintas, el amor no avisa. Y no entiende de razones. Tal vez si te escondes, o te llamás a cuarteles de invierno, algo puedas evitar. Algo pueda no pasar, pero si está en tu Destino sería un desatino empezar a esquivar las líneas de tu libertad. Y tomar decisiones equivocadas.

El amor no es una amenaza. Porque siempre se siente de a dos, sino no sería tal. Y no pretendas teorizar, la psicología no alcanza para semejante monumental. La psicología puede con la Humanidad, pero no puede con las reglas de las deidades. Misterios inapelables, que no hay manera de sortear.

Si sacas tu número en esta rueda, ya no hay manera. Ni psicología explicativa. Tal vez tu alma se anima, sólo falta que tu personalidad deje de remar contra la corriente. Y se suelten las amarras de una vida. Ahí la psicología te explica todas las alternativas, pero de la decisión ni hablar.

Como dijo esta sabia lejanía, desde el sur de Francia, en bolas y a los gritos te agarra y ya no alcanza la psicología. Una violinista de sangre y raíces tangueras. Una escultura de la mejor piedra tallada. Cada marca sonaba, como las notas de sus cuerdas. A las cuales acariciaba desde su más temprana edad. A ella le debo dar las gracias por estas ideas. Por más que queda limitada mi identidad profesional.

Es cierto que, una vez más, la psicología no alcanza para explicar las entrañas del amor. Ni para ponerle freno a quien se anima.

Aunque quede en bolas y a los gritos. Son cuestiones del destino. De las cartas sin marcar. De la psicología poco queda para pensar. Ayuda si las cosas salen mal. Se deslumbra de lo que el ser humano es capaz a la hora de amar. A la hora de entregarse.

Quedar en bolas y gritar.

Por el amor. Hay un Dios, que está de nuestro lado.

Quiero terminar con otra sabiduría más de una mística poco asumida: "Todo es posible en esta vida."

Todo, sin vuelta atrás.

P.D: Desde un rincón de Francia hasta la Argentina porteña. Así es la distancia, nada.